“Aquel hombre se llamaba Nabal, y su mujer, Abigail. Aquella mujer era de buen entendimiento y hermosa apariencia, pero el hombre era rudo y de mala conducta.” -1º Samuel capítulo 25.
Nabal era como era; aunque era un hombre rico, no parece que estuviera lleno de muchas virtudes. “Era rudo y de mala conducta“, dice el texto. De hecho su nombre está relacionado con la expresión “estúpido.” Y así fue como se portó de hecho con David, como un desagradecido a pesar de la bondad y favores que siempre había recibido de parte de él.
En este relato sobresale la que era esposa de Nabal, Abigail, por su prudencia, discreción y sabiduría. Por su iniciativa sensata, hizo que David no tuviera que haberse arrepentido toda su vida por un acto de cólera incontrolada. Lo hizo reflexionar profundamente y cambió su clara intención de matar a Nabal. Cuando se encontró con ella, David dijo: “Bendito sea tu razonamiento y bendita tú, que me has impedido hoy derramar sangre y vengarme por mi propia mano.” Más tarde, y después de un banquete y una tremenda borrachera, Nabal muere de un ataque al corazón y David toma a Abigail como esposa.
A veces he leído en Internet comentarios de hombres y mujeres llenos de sabiduría, discreción y buen juicio. Aunque es verdad que la Biblia da cuenta de costumbres sociales específicas de su día, personalmente no veo en las Escrituras nada que indique que la mujer sea de algún modo inferior al hombre. Más bien estoy con Pablo de Tarso cuando escribe:
Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús.” – Gálatas 3:28.
Esteban López