Estimados foristas:
Del capítulo 9 de romanos me llamó la atención los versos 30-33, los cuales copio a continuación: “¿Qué concluiremos? Pues que los gentiles, que no buscaban la justicia, la han alcanzado. Me refiero a la justicia que es por la fe. En cambio Israel, que iba en busca de una ley que le diera justicia, no ha alcanzado esa justicia. ¿Por qué no? Porque no la buscaron mediante la fe sino mediante las obras, como si fuera posible alcanzarla así. Por eso tropezaron con la «piedra de tropiezo», como está escrito:
«Miren que pongo en Sión una piedra de tropiezo
y una roca que hace caer;
pero el que confíe en él no será defraudado.»”
En esta cita se observa como Pablo establece un contraste entre el derrotero de dos grupos bien diferenciados, los gentiles y los judíos. Estos últimos se durmieron en los laureles y se concentraron en procurar obtener la justicia mediante el cumplimiento estricto de un código escrito. Los gentiles, en cambio, obtuvieron una posición de justos al ejercer fe en el medio dado por Dios para salvación, Su Hijo.
Fue notorio como aunque el ministerio de Cristo iba dirigido al pueblo escogido de Dios, el Israel, la mayoría de estos lo rechazaron. En cambio personas de otras naciones, como los samaritanos, la mujer siria-fenicia, el centurión romano, demostraron tener una fe digna de elogio. Esa fe nacía del corazón y no estaba supeditada a una ley escrita.
El error de muchos israelitas fue que procuraron obtener la fe mediante obras. No es posible que las obras produzcan fe, sino que la fe es la que debe produce las obras. Primero tiene que estar la fe.
De lo contrario lo que ocurre que nuestro corazón traicionero puede engañarnos haciéndonos pensar que conseguiremos el favor de Dios al guardar de forma escrupulosa una serie de preceptos religiosos. Terminamos centrándonos en nosotros mismos y vamos inevitablemente a tropezar con Cristo, pues ya no lo veremos como la piedra angular de fundamento. (Comparar con Efesios 2: 8, 9).
En el espejo del pueblo de Israel debemos vernos todos, especialmente si hemos sido influidos por instituciones religiosas que, de forma tácita, ponen las obras en un sitial de más valor que la fe, creando así un falso sentido de seguridad en sus adeptos.
Fraternalmente,
Apolo
¿Qué concluiremos? ¿Acaso es Dios injusto? (9:14) NVI
La tendencia o la necesidad de realizar este planteamiento es muy común. Más aun al enfrentarnos a sucesos que ponen en evidencia la realidad en la que vivimos: el sufrimiento, las injusticias y las desigualdades.
Cuando el apóstol Pablo menciona elecciones de Dios del pasado y realiza la pregunta de arriba, la sola insinuación de esto lo lleva a la rotunda negación: “¡De ninguna manera!”(14) Así mismo, cuando esta pregunta nos invade, y alzamos la cabeza al cielo preguntando, es bueno recordar nuestra posición ante El. De hecho, ¿qué somos en comparación con El? Como pregunta Pablo en el versículo 20: “¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios?”. Creernos más de lo que simplemente somos, puede confundirnos. Pudiera, además, hacernos creer que tenemos meritos para ser elegidos. En el versículo 13, la versión Castillan dice así: Así consta en la Escritura: Amé a Jacob y rechacé a Esaú, lo cual responde al propósito de Dios de ser él mismo quien elige y quien llama, según su propio designio y no por los méritos del elegido.
Seguir tras lo justo y lo recto, hacer de esto un modo de vida, es algo loable. Sin embargo, si el motivo es sumar meritos, los esfuerzos, lamentablemente, pudieran resultar vanos. Nuestra posición ante Dios es la del barro ante el alfarero. Así lo muestran los versículos 20 y 21:
¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: “¿Por qué me hiciste así?” ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas para usos especiales y otras para fines ordinarios?
Se necesita verdadera humildad para reconocer esta premisa y para no juzgar a Dios por ello. Todos, sin excepción, estamos, como el barro entre los dedos del Creador, el gran Alfarero. El gran ingrediente que deberíamos sumarle a todo esto es nuestro corazón. Somos barro más corazón. Y es este segundo factor el que determina lo que seremos finalmente. Y en el resultado final creo que no se le pudiera culpar a Dios.
Me he preguntado en ocasiones sobre las desigualdades en este planeta y en como estas pudieran afectar la relación del humano con su Hacedor. Este capítulo nueve de la carta a los Romanos pudiera ser una respuesta.
Mirarnos en calidad de lo que en realidad somos es un combustible para la fe.
Spiri