¡Soy un pobre miserable! ¿Quién me librará de este cuerpo mortal? (7:24) NVI
El ser humano que tiene los dos pies en la tierra y que está consciente de su naturaleza real, la pecaminosa, y el resultado que esto conlleva, dolor y muerte, no tiene menos para decir que esto que el apóstol Pablo gritaba en tono de desesperación: “¡Soy un pobre miserable!”. Lo que dice a continuación demuestra el sentir de un hombre cautivo, pidiendo ayuda a gritos, de alguien que ruega alivio, de alguien que anhela consuelo. Dice: “¿Quién me librará de este cuerpo mortal?”
En ocasiones me he preguntado si es mejor la ignorancia a este respecto. Pues tener consciencia del estado miserable de la existencia humana, algo que se puede “esconder” de la mente, pero por poco tiempo, crea la necesidad de encontrar y para ello es necesario dedicarse a la búsqueda, a la búsqueda de una fuente de esperanza. Sino, aquí estamos, desamparados a la intemperie y expuestos al rigor de la lucha contra nuestras propias malas tendencias, expuestos a percibir con todos nuestros sentidos el sufrimiento ajeno, bajo un sentimiento pleno de impotencia que produce frustración.
Tenemos la opción de la negación a todo esto. Ocupar el tiempo en distracciones, intentando recorrer solos el camino. También la opción de buscar respuestas, respuestas que provean de donde afianzarse, respuestas que ofrezcan esperanza. Al fin, esto, creo, termina resultando vital. Así como necesitamos del aire para vivir, así mismo necesitamos darle muchas, no una sola, sino muchas oportunidades a la esperanza.
Cuando el apóstol pregunta nuevamente, aparece el “quien” antes del “que”. “¿Quién me librara? El mismo se responde así:
“¡Gracias a Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor!” (25)
Pues así de sencillo: allí está la verdadera fuente de alivio, de ayuda y de consuelo para la sórdida miseria humana. Acercarnos a esta fuente pudiera resultar ser un gran paso en favor de nuestra búsqueda.
Spiri