“Si hemos estado unidos con él en su muerte, sin duda también estaremos unidos con él en su resurrección.” 6:5, Nueva Versión Internacional.
La resurrección no debería verse como algo extraño o añadido, ajeno a las espectativas del ser humano, sino como una exigencia fundamental que en realidad brota de lo más profundo de su ser. Como escribe Wolfhart Pannenberg, “la muerte cuestiona radicalmente cualquier asomo de sentido en la vida individual… la muerte, en cuanto tal, carece de todo sentido positivo.”
En condiciones normales de salud y de medios suficientes para mantenerla, el ser humano ama profundamente la vida. Quizá por eso no entiende que tenga que dejar la existencia para siempre; en realidad presiente que eso sería como dar un caramelo a un niño para luego, lleno de ilusión, quitárselo. Es como si algo no cuadrase, aunque la experiencia diaria muestre una y otra vez que todo lo físico inexorablemente muere. Y por supuesto, mucho menos se comprende la muerte por violencia, accidente, hambre o enfermedad. Sin embargo, es cuando no existe ninguna clase de esperanza que semejante perspectiva quizá se contemple, en palabras de Albert Camus, como ‘el más terrible de los absurdos.’
El cristianismo, como oferta de sentido, habla una y otra vez de resurrección. Ante la desesperanza más absoluta, abre una ventana allí donde la ciencia y la filosofía carecen de respuestas. Es una invitación a gozar plenamente de la existencia teniendo en mira la eternidad. Y es el cristianismo el que entiende que todo esto es posible gracias a la resurrección de Jesús. “El nacimiento del cristianismo fue consecuencia directa de la resurrección de Jesús. Si todo hubiera terminado en la tarde del viernes santo, no habría sido posible la religión cristiana. Fue la resurrección la que puso en marcha ese gran movimiento espiritual llamado cristianismo. Si la resurrección de Jesús es la condición de posibilidad del cristianismo, y el cristianismo es un hecho, la conclusión es evidente: la resurrección de Jesús no pudo ser mera alucinación.”
-W. Hamilton, Die Eigenart der Theologie Pannembergs, 233, citado por Manuel Fraijó en El sentido de la Historia, Introducción al pensamiento de Wolfhart Pannenberg, 1986, Ediciones Cristiandad.
“porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia” (6:14) NVI
La Ley y la gracia, dos sistemas que el Creador ha utilizado. La TNM lo vierte así:
“Porque el pecado no debe ser amo sobre ustedes, puesto que no están bajo ley, sino bajo bondad inmerecida”.
Castillan lo vierte así:
“El pecado no ha de volver a dominaros, pues ahora no estáis ya sujetos a la ley, bajo la cual el pecado os esclavizó, sino que sois libres y objeto de la gracia y la misericordia de Dios.”
El realizar lo bueno por un sentido de cumplimiento a una ley no garantiza que la persona no albergue deseos contrarios, o más aun, que sea dominado por estos. La ley puede hacer súbditos, puede crear un compromiso, pero no tiene en cuenta lo que hay dentro. La gracia puede hacer más que una ley, puede generar corazones agradecidos y verdadero amor. Si nos hemos resuelto a que el pecado que llevamos en nuestras entrañas no sea nuestro amo ni nos domine al grado de ser sus esclavos, que gran ayuda puede resultar el meditar en que estamos bajo la gracia de Dios, bajo su bondad inmerecida, que somos objeto de su misericordia.
Cuando un corazón se ha endurecido, cuando una voluntad se ha obstinado, la ley queda corta. La conciencia de ser objeto de la mirada benévola de Dios, de ser destinatarios de su misericordia nos tranquiliza, nos da un motivo más para hacer el bien, para también imitarlo y ponerlo como ejemplo de vida.
¡Que fuerte es el razonamiento que se muestra en el versículo 13: “ofrézcanse más bien a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida”! Si alguien nos hubiera devuelto a la vida, ¿acaso no estaríamos en deuda por gratitud a este? Es decir que es el amor a Dios, un corazón agradecido lo que debería ser el motor que impulse nuestras acciones diarias, desde lo más ínfimo hasta la toma de decisiones de mucho peso.
El versículo 21 hace esta profunda pregunta: “¿Qué fruto cosechaban entonces? Tener esta pregunta como referencia de vida puede ser una guía. Preguntarnos: ¿Que cosechaba por mi modo de vivir anterior? pudiera enderezar caminos, focalizar esfuerzos, y crear nuevos elementos para sembrar que sean dignos de alabanza y cuyo objetivo sea cosechar “la santidad que conduce a la vida eterna” (21)
Spiri