Por tratarse de una persona especifica concreta, Jesús posee una claridad, una perceptibilidad y una realizabilidad de las que carecen una idea eterna, un principio abstracto, una norma universal o un sistema conceptual. También, puede representar para el creyente un modelo fundamental de visión y praxis de la vida, realizable de múltiples maneras. En concreto, hace posible aquello que hoy, a la vista de la desorientación, la carencia de normas y sentido, la drogadicción y la violencia, se reclama por todas partes: una nueva orientación básica y una nueva actitud fundamental, pero también nuevas motivaciones, disposiciones y acciones; en definitiva, un nuevo horizonte de sentido y nuevas metas.
Por eso, ya en el Nuevo Testamento, a Jesús se le llama la Luz: “la luz de los hombres” (Jn 1,4), “la luz del mundo” (Jn 8,12). De él puede aprenderse lo que tan ausente está en una sociedad de egoístas caracterizada por la competitividad a ultranza: tener en cuenta a los demás y compartir, perdonar y arrepentirse, ejercer la consideración y la renuncia, ofrecer ayuda. Pues de los creyentes depende que el cristianismo, en la medida en que sea guiado verdaderamente por su Cristo y se deje llenar por este de luz, carisma y espíritu, pueda erigir una patria espiritual, un hogar de la fe, de la esperanza y del amor.
Según el Nuevo Testamento, incluso los no cristianos pueden conocer al Dios verdadero, pues este también se halla cerca de ellos. Y, si bien Jesucristo, en cuanto Luz, es el criterio decisivo para la acción cristiana, los cristianos no tienen más remedio que admitir que existen otras luces:
- Para millones de personas, una gran parte de las cuales se halla dispersa por el mundo entero, Moisés es el personaje central y el gran liberador y sus instrucciones para la vida se hallan recopiladas en la Tora de la Biblia hebrea.
- Para cientos de millones de musulmanes del pasado y del presente, la “Luz” que ilumina su camino es el Corán; y Mahoma, el profeta enviado por Dios, fue quien en persona y de forma convincente encarno el mensaje del Corán.
- Para cientos de millones de personas sobre la Tierra en el pasado y en el presente, Gautama es el “Despierto”, el “Iluminado”, el “Buda” y, por ende, la gran “Luz”.
- Para millones de chinos, la luz orientadora de la humanidad sigue siendo Confucio, tanto en su doctrina como en su actitud fundamental.
- Para cientos de millones de indios, el marco orientador de la vida es el hinduismo, con sus diferentes corrientes y sus plurales manifestaciones, con su fe en un orden cósmico omnicomprensivo (dharma).
En una época en la que más de seis mil millones de personas pueblan este planeta, ninguna religión está legitimada para cuestionar los caminos de salvación de las demás. Partiendo del reconocimiento de la libertad del ser humano y, en especial, de la real libertad de credo, se trataría más bien de respetar las sendas de fe propias de cada cual y de encontrarse con los demás en el dialogo para, de este modo, comprenderse mejor a sí mismo. En la única sociedad universal, la suerte de la Tierra afecta a todos los seres humanos, independientemente de la religión, filosofía o cosmovisión que profesen. Los preceptos de la ética mundial pueden servir de orientación fundamental para esta responsabilidad universal, lo cual no excluye en modo alguno las orientaciones especificas que brindan las distintas religiones o filosofías. Al contrario, todas ellas pueden contribuir a su manera a la ética mundial.
Hans Kung, El principio de todas las cosas, ciencia y religión. Editorial Trotta, págs. 191,192.